Nadie está contra nosotros, ni estamos condenados

 

 

La vida es como un viejo camino principal de tramos pesarosos y tramos medianamente transitables, con desvíos ocasionales a la derecha o a la izquierda. Al trote va un caballo vigoroso tirando de una carreta. Sentado en ella, un hombre lleva en sus manos las riendas, más deja que el caballo marque la pauta a su libre albedrío, pues él desconoce el camino, mientras que el caballo parece saber a dónde va.

Para evitar que en el mal camino, los brincos de la carreta que jala, lo descalabren, el noble animal evita los baches o aminora el paso en los sitios difíciles, sin embargo, con frecuencia, alguna zanja o alguna roca hace saltar la carreta, sacando de su asiento al hombre, que se contenta con lamentarse de su mala suerte.

Alguna vez oyó decir que no muy lejos y paralelo a este dificultoso camino, caliente y polvoroso en verano, y enlodado en tiempos de lluvias, existe un camino pavimentado de principio a fin, con largos tramos sombreados por árboles grandes y adornados por flores silvestres, con posadas atendidas por gente amable que ofrece ricos alimentos y frutas de temporada. Es tan agradable ese camino, que se pierde el apuro por llegar a destino, y los viajeros se interesan más en disfrutar la travesía. Así dicen.

Nuestro carretero reflexiona sobre la sabiduría del caballo, y concluye que tal vez solamente conoce un camino y por eso nunca toma atajos. Se queda pensando. Su vida descansa en la supuesta sabiduría de ese caballo.

Un destello de entusiasmo comienza a crecer en su corazón, y aprieta las riendas. Se pone de pié y emitiendo un firme ¡Jaa..!, bate las riendas con bríos, diciéndole claramente al caballo, ¡Ahora dirijo yo!

Minutos más tarde, siguiendo su instinto, toma un sendero que se abre a su derecha rompiendo la trayectoria predecible del caballo y dejando atrás el viejo camino.

Las leyes de la vida siguen siendo las mismas, firmes e inexorables, pero ahora su opinión y su acción cuentan.

Ya no se siente víctima, ahora se hace cargo de sus riesgos y toma el desafío, busca su camino soñado.

Así como el carretero sufría su camino dejando su destino en el impasible paso de un caballo, así nos sentimos a veces, amarrados por las leyes de la vida.

El plan básico de la vida cuenta con las leyes inexorables para manejar las vidas de todos aquellos que se sienten amarrados, incapacitados.

Pero cuando decidimos intervenir, tomar las riendas, y opinar sobre la calidad de nuestras vidas, ese, SÍ voy a tener buena suerte, SÍ voy a tener buenos resultados, ese restearnos con resolución, porque sí, porque me da la gana, aunque no sepamos hacia dónde ir, aunque no sepamos qué hacer, hace soplar una brisa a nuestro favor que nos lleva a puerto seguro.

Las leyes inexorables siguen haciendo su tarea, el mundo no cambia, pero nuestra terquedad, nuestro resteo, marca la diferencia y la buena suerte comienza a sonreírnos.

Y si en el intento nos caemos, no nos quedamos en el piso lamentándonos. Nos levantamos más tercos que antes, nos sacudimos, y empezamos de nuevo, carajo. A poner orden en nuestras vidas, a tomar las riendas y dirigir ese caballo, nojoda.

Si en la caída me brotan lágrimas, es válido, lloro. Pero me las limpio y digo:

 ¡Ahora van a ver lo que es llevar en la sangre agua del Orinoco!

 

Ahí te lo dejo.

 

Seu

 

San Diego, domingo 30 de noviembre de 2025.


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